En nuestra
tierra es permitido hablar claro, y su gente está siempre anuente a prestar un
oído atento a cualquiera que le pueda decir algo digno de atención. Por eso
tengo la certeza que dispondremos de un auditorio atento, pues no hay ninguna
razón para suponer otra cosa. Este campo, como están conscientes todos ustedes,
es de propiedad privada. Y yo quisiera sugerir a quienes salen a predicar al
aire libre, que es mucho mejor ir a un campo o a un terreno desprovisto de
edificios, que bloquear caminos e interrumpir negocios; y es todavía mucho
mejor estar en un lugar que tenga protección, para poder prevenir de inmediato
cualquier disturbio.
Esta tarde pretendo animarlos para que busquen el camino al cielo. Tendré que
expresar también algunas cosas severas relativas al fin de los hombres que se
pierden en el abismo del infierno. Sobre estos dos temas voy a predicar, con la
ayuda de Dios. Pero les suplico, por amor de sus almas, que disciernan entre lo
que es correcto y lo que no lo es; comprueben si lo que yo les digo es la
verdad de Dios. Si no lo es, rechácenlo totalmente y arrójenlo lejos; pero si
en verdad lo es y lo desprecian, será bajo su propio riesgo; pues como tendrán que
responder ante Dios, el grandioso Juez de cielos y tierra, no les irá bien si
desprecian las palabras de este siervo y de Su Escritura.
Mi texto consta de dos partes. La primera es muy agradable para mí, y me
proporciona gran placer; la segunda es terrible en extremo; pero puesto que
ambas son verdades, ambas deben ser predicadas. La primera parte de mi texto
es, "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se
sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos." La frase
que yo llamo la parte negra, oscura y amenazadora es esta: "Mas los hijos
del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el
crujir de dientes."
I. Tomemos la primera parte. Aquí hay una PROMESA SUMAMENTE GLORIOSA.
Voy a leerla de nuevo: "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del
occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los
cielos." Me gusta mucho este texto, porque me descubre lo que es el cielo,
y me presenta un hermoso cuadro de él. Dice que es un lugar donde voy a
sentarme con Abraham, e Isaac y Jacob. Oh, qué pensamiento tan dulce es ese
para el trabajador. A menudo se limpia el tibio sudor de su frente, y se
pregunta si hay una tierra donde no tendrá que afanarse más. Muy raramente come
un mendrugo de pan que no esté humedecido con el sudor de su rostro. A menudo
viene a casa agotado y se deja caer en un sillón, tal vez demasiado cansado
para poder dormir. Se pregunta: "¡Oh!, ¿no hay una tierra donde yo pueda
descansar? ¿No hay algún lugar donde pueda quedarme quieto? Sí, tú que eres
hijo del trabajo arduo y agotador,
"Hay una tierra feliz
Lejos, lejos, muy lejos,
donde ese trabajo arduo y agotador es desconocido. Más allá del firmamento
azul, hay una hermosa ciudad luminosa, cuyos muros son de jaspe, y cuya luz
brilla más que el sol. Allí "los impíos dejan de perturbar, y allí
descansan los de agotadas fuerzas." Allí están los espíritus inmortales
que no necesitan limpiarse el sudor de su frente, pues "no siembran, ni
siegan," ni están sometidos a un trabajo arduo y agotador.
"Allí en un monte verde y florido
Sus cansadas almas se sentarán:
Y con gozos arrobadores harán
Un recuento de las fatigas de sus pies."
Para mi mente, una de las mejores visiones del cielo es que es una tierra de
reposo; especialmente para el trabajador. Quienes no tienen que trabajar
duro, piensan que amarán el cielo como un lugar de servicio. Eso es muy cierto.
Pero para el trabajador, para el hombre que labora arduamente con su cerebro o
con sus manos, siempre será un dulce pensamiento que haya una tierra donde
vamos a descansar.
Pronto, esta voz no será forzada ya más: pronto, estos pulmones no tendrán que
ejercitarse nunca más allá de su poder; pronto, este cerebro no será
atormentado por el pensamiento; pero me sentaré a la mesa del banquete de Dios;
sí, estaré reclinado en el pecho de Abraham, y estaré tranquilo para siempre.
¡Oh!, hijos e hijas de Adán que están cansados, no tendrán que empujar el arado
en un ingrato suelo en el cielo, no tendrán que levantarse para desempeñar
arduas labores antes que salga el sol, y trabajar todavía cuando el sol se ha
ido a descansar desde hace un buen rato; sino que estarán tranquilos, estarán
quietos, descansarán, pues todos son ricos en el cielo, todos son felices allá,
todos están en paz. Trabajo arduo, problemas, fatigas, esfuerzos, son palabras
que no se pueden deletrear en el cielo; no existen tales cosas allá, pues
siempre reposan.
Y noten con qué buena compañía comparten. Ellos "se sentarán con
Abraham e Isaac y Jacob." Algunas personas piensan que no conoceremos a
nadie en el cielo. Pero nuestro texto declara aquí que nos "sentaremos con
Abraham e Isaac y Jacob." Entonces tengo la certeza que estaremos
conscientes que ellos son Abraham e Isaac y Jacob. He escuchado la historia de
una buena mujer que le preguntó a su marido, cuando estaba a punto de morir:
"querido mío, ¿crees que me conocerás cuando tú y yo lleguemos al
cielo?" "¿Que si te conoceré?", respondió él, "vamos,
siempre te he conocido mientras has estado aquí, y ¿piensas que voy a ser más
insensato cuando llegue al cielo?" Pienso que fue una excelente respuesta.
Si nos hemos conocido aquí en la tierra, nos reconoceremos allá. Yo tengo
queridos amigos que han partido hacia allá, y siempre es un pensamiento dulce
para mí que, cuando ponga mi pie, como espero hacerlo, en el umbral del cielo,
vendrán mis hermanas y hermanos y me tomarán de la mano, diciendo: "sí,
amadísimo, ya estás aquí." Parientes queridos que han sido separados, se
encontrarán otra vez en el cielo. Alguno de ustedes ha perdido una madre que se
ha ido al cielo; y si tú sigues la huella de Jesús, te encontrarás con ella
allá.
En otro caso, me parece que veo a alguien que viene a recibirte a la puerta del
paraíso; y aunque los lazos de afecto natural pueden haberse olvidado en cierta
medida (se me puede permitir usar una figura) cuán bendecida sería ella cuando
se volviera hacia Dios, y le dijera: "Aquí estoy yo, y los hijos que me
has dado." Reconoceremos a nuestros amigos: esposo, tú conocerás a tu esposa.
Madre, conocerás a tus amados hijitos; tú observabas sus figuras cuando yacían
jadeantes, quedándose sin aliento. Tú recuerdas cómo te abalanzaste sobre sus
tumbas al momento de ser echada la fría tierra sobre ellos, y se dijo: "La
tierra a la tierra, el polvo al polvo, las cenizas a las cenizas." Pero tú
volverás a oír esas amadas voces de nuevo; tú escucharás esas dulces voces una
vez más; tú todavía sabrás que las personas que amaste, han sido amadas por
Dios. ¿Acaso no sería un cielo lúgubre para nuestra habitación, uno donde no
pudiéramos conocer a nadie ni nadie nos reconociera? No me interesaría ir a un
cielo así.
Yo creo que el cielo es la comunión de los santos, y que nos conoceremos unos a
otros allí. A menudo he pensado que me dará mucho gusto ver a Isaías; y, tan
pronto como llegue al cielo, creo que voy a preguntar por él, porque él habló
más acerca de Jesús que todos los demás profetas. Estoy seguro que voy a querer
encontrar a George Whitfield, quien continuamente predicó a la gente, y se
desgastó con un celo más que seráfico. ¡Oh, sí!, tendremos una compañía elegida
en el cielo, cuando lleguemos. No habrá distinción entre cultos e incultos,
clero y laicado, sino que caminaremos libremente entre todos; sentiremos que
somos hermanos; nos sentaremos "con Abraham e Isaac y Jacob."
He escuchado acerca de una dama que recibió la visita de un ministro en su
lecho de muerte, y le dijo: "quiero hacerle una pregunta, ahora que estoy
a punto de morir." "Bien," preguntó el ministro, "¿cuál
es?" "¡Oh!", respondió ella muy afectada, "quiero saber si
hay dos lugares en el cielo, pues yo no podría soportar que Betsy, la cocinera,
estuviera en el cielo junto conmigo. Es tan poco refinada." El ministro
dio la vuelta y respondió: "oh, no se preocupe por eso, señora. No hay
temor de eso; mientras no se despoje de su orgullo maldito, usted no entrará
nunca al cielo." Todos nosotros debemos despojarnos de nuestro orgullo.
Debemos humillarnos y estar sobre una base de igualdad ante los ojos de Dios, y
ver en cada hombre un hermano, antes de poder esperar ser recibidos en la
gloria.
Bendecimos a Dios, y le damos gracias porque no preparará mesas separadas para
unos y para otros. El judío y el gentil se sentarán juntos. El grande y el
pequeño se alimentarán de los mismos pastos, y nos "sentaremos con Abraham
e Isaac y Jacob en el reino de los cielos."
Pero mi texto tiene todavía una dulzura más profunda, pues afirma que "vendrán
muchos y se sentarán." Algunos fanáticos de mente estrecha piensan que
el cielo será un lugar muy pequeño, donde habrá muy poca gente que asistió a su
capilla o a su iglesia. Yo confieso que no tengo ningún deseo de un cielo
pequeño, y me da mucho gusto leer en las Escrituras que en la casa de mi Padre
hay muchas mansiones. Cuán a menudo escucho que la gente dice: "¡Ah!,
estrecha es la puerta y angosto el camino, y pocos son los que la hallan. Habrá
pocas personas en el cielo; la mayoría se perderá." Amigo mío, yo no estoy
de acuerdo contigo. ¿Acaso crees tú que Cristo permitirá que el diablo le gane?
¿Que permitirá que el diablo tenga más personas en el infierno de las que Él
tenga en el cielo? No, eso es imposible. Pues entonces Satanás se reiría de
Cristo. Habrá más personas en el cielo de las que habrá entre los que se
pierden. Dios dice: "He aquí una gran multitud, la cual nadie podía
contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del
trono y en la presencia del Cordero;" pero Él nunca dice que habrá una
multitud que nadie puede contar que se perderá. Habrá huestes incontables que
llegarán al cielo. ¡Qué buenas noticias para ti y para mí! Pues si hay tantos
que serán salvados, ¿por qué no habría de ser salvo yo? ¿Por qué no dice
también, aquel hombre que está allá en medio de la multitud: "no podría
ser yo uno entre esa multitud?" Y ¿no podría esa pobre mujer que está allá
cobrar valor y decir: "Bueno, si sólo se salvara media docena de personas,
yo temería no estar entre esas; pero, puesto que vendrán muchos, por qué no
habría de ser salva yo? ¡Anímate, tú que estás desconsolado! ¡Alégrate, hijo
del dolor y de la aflicción, todavía hay esperanza para ti!
Yo no puedo creer que alguien esté más allá del alcance de la gracia de Dios.
Habrá unos cuantos que han cometido ese pecado que es para muerte y Dios los ha
abandonado; pero la vasta mayoría de la humanidad está todavía dentro del
alcance de la misericordia soberana: "Y vendrán muchos del oriente y del
occidente, y se sentarán en el reino de los cielos."
Miren otra vez mi texto, y ustedes verán de dónde vienen estas personas. Ellos
"vendrán del oriente y del occidente." Los judíos decían que todos
ellos vendrían de Palestina, cada uno de ellos, cada hombre, cada mujer y cada
niño; que no habría nadie en el cielo que no fuera judío. Y los fariseos pensaban
que si todos ellos no eran fariseos, no podrían ser salvos. Pero Jesucristo
dijo que vendrán muchos del oriente y del occidente. Habrá una multitud de
aquella tierra muy lejana, China, pues Dios está haciendo una obra grandiosa
allí, y nosotros esperamos que el Evangelio será victorioso en esa tierra.
Habrá una multitud de esta tierra occidental de Inglaterra; y también del país
occidental que está más allá del mar, de América; y del sur, de Australia; y
del norte, de Canadá, Siberia y Rusia. Desde los confines de la tierra vendrán
muchos que se sentarán en el reino de Dios.
Pero yo creo que este texto no debe entenderse tanto en sentido geográfico,
como en sentido espiritual. Cuando dice que "vendrán muchos del oriente y
del occidente," yo pienso que no se refiere particularmente a las
naciones, sino a diferentes tipos de personas. Ahora, "el oriente y el
occidente" quiere decir aquellos que se encuentran más lejos de la
religión; sin embargo, muchos de ellos serán salvados y llegarán al cielo. Hay
una clase de personas que será considerada siempre como desahuciada. A menudo
he escuchado, ya sea de un hombre o de una mujer, un comentario acerca de esas
personas, "él no puede ser salvado: es demasiado disipado. ¿Para qué es
bueno él? Pídele que vaya a un lugar de adoración: estaba borracho la
noche del sábado. ¿De qué serviría razonar con él? No hay esperanza para
él. Es un tipo endurecido. Mira lo que ha hecho durante todos estos años. ¿De
qué servirá hablarle?
Ahora, escuchen esto, ustedes que piensan que sus compañeros son peores que
ustedes; que condenan a otros cuando ustedes son tan culpables como ellos:
Jesucristo dice: "vendrán muchos del oriente y del occidente." Habrá
muchos en el cielo que una vez fueron borrachos. Yo creo que, en medio de esa
muchedumbre comprada con sangre, habrá muchos que se tambalearon entrando y
saliendo de una taberna durante la mitad de sus vidas. Pero por el poder de la
gracia divina ellos fueron capaces de arrojar la copa de licor contra el suelo.
Ellos renunciaron al desenfreno de la intoxicación (huyeron de ella) y
sirvieron a Dios. ¡Sí! Habrá muchos en el cielo que fueron borrachos en la
tierra.
Habrá también muchas prostitutas: algunas de las más disipadas serán
encontradas allí. Ustedes recuerdan la historia de Whitfield que dijo una vez
que habrá personas en el cielo que fueron "desechadas por el diablo;"
algunos que el diablo difícilmente pensaría que son lo suficientemente buenos
para él, pero que Cristo salvará. Lady Huntingdon le sugirió una vez con
delicadeza que ese lenguaje no era decoroso. Pero justo en ese momento se
escuchó el timbre y Whitfield bajó las escaleras y se dirigió a la puerta.
Después subió y dijo: "señora, ¿qué cree que me acaba de decir una pobre
mujer? Ella era una triste perdida y me dijo: 'Oh, señor Whitfield, cuando
usted estaba predicando nos dijo que Cristo recibiría los desechos del diablo y
yo soy uno de ellos.'" Y ese fue el instrumento de su salvación.
¿Alguna vez alguien nos impedirá que prediquemos a los más bajo de lo bajo? A
mí se me ha acusado de reunir a toda la plebe de Londres a mi alrededor. ¡Dios
bendiga a la plebe! ¡Dios salve a la plebe! Luego yo digo: supongamos que ellos
son "¡la chusma!" ¿Quién podría necesitar el Evangelio más que ellos?
¿Quiénes requieren que Cristo sea predicado más que a ellos? Tenemos a muchos
que predican a las damas y a los caballeros, pero necesitamos que alguien le
predique a la chusma en estos días degenerados.
¡Oh!, aquí hay consuelo para mí, pues muchos elementos de la plebe vendrán del
oriente y del occidente. ¡Oh!, ¿qué pensarían si vieran la diferencia que hay
entre algunos que están en el cielo y otros que estarán allá? Podría
encontrarse alguien allí cuyo cabello cuelga enfrente de sus ojos, sus greñas
están enmarañadas, se ve horrible, sus ojos congestionados se ven saltones,
sonríe casi como un idiota, ha bebido hasta consumir su cerebro de tal forma
que la vida parece haber partido en lo concerniente al sentido y al ser; sin
embargo yo te diría: "ese hombre es susceptible de salvación", y en unos
pocos años yo podría decir: "mira hacia allá;" ¿ves aquella estrella
brillante? ¿Descubres aquel hombre con una corona de oro fino sobre su cabeza?
¿Adviertes aquel ser cubierto con vestiduras de zafiro y ropajes de luz? Ese es
aquel mismo hombre que se sentaba allí como un pobre ser descarriado, casi
idiotizado; sin embargo, ¡la gracia soberana y la misericordia lo han salvado!
No hay nadie excepto esos que he mencionado antes, que han cometido el pecado
imperdonable, que esté más allá de la misericordia de Dios. Tráiganme a los
peores hombres, y aun así yo les predicaría el Evangelio; tráiganme a los más
viles, y yo les predicaría, porque recuerdo que el Señor dijo: "Vé por los
caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa."
"Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán
con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos."
Hay una palabra más que debo resaltar antes de terminar con esta dulce porción:
esa es la palabra: van a venir (vendrán). ¡Oh, yo amo los "yo
haré" y por consiguiente los "ellos harán," de Dios! No hay nada
comparable a esas expresiones. Si el hombre dice: "se hará," ¿qué hay
con ello? "Yo voy a" dice un hombre, pero nunca lo cumple; "yo
haré," dice, pero quebranta su promesa. Pero no ocurre lo mismo con los
"Yo haré" de Dios. Si Él dice "será," así será; cuando Él
dice "sucederá," así será. Ahora Él ha dicho aquí, "muchos
vendrán, muchos van a venir." El diablo dice, "no
vendrán;" pero "ellos vendrán." Sus pecados dicen: "ustedes
no pueden venir;" Dios dice: "ustedes van a venir."
Ustedes mismos dicen: "no vendremos;" Dios dice: "ustedes van
a venir." ¡Sí!, hay algunas personas aquí que se están riendo de la
salvación, que se burlan de Cristo y ridiculizan el Evangelio; pero yo les digo
que inclusive algunos de ustedes vendrán. "¡Cómo!, responden, "¿puede
Dios conducirme a ser cristiano?" Les digo que sí, pues allí radica el
poder del Evangelio. No les pide su consentimiento; lo obtiene. Él no dice,
¿quieres recibirlo?, pero hace que ustedes quieran en el día del poder de Dios.
No en contra de su voluntad, pero hace que ustedes quieran. Les muestra su
valor, y luego ustedes se enamoran de él, y corren directamente tras él y lo
obtienen.
Mucha gente ha dicho: "no aceptamos nada que tenga que ver con la
religión," y sin embargo, ha sido convertida. He oído la historia de un
hombre que una vez asistió a una capilla para escuchar los himnos, y tan pronto
como el ministro comenzó a predicar, se tapó los oídos con sus dedos, para no oír.
Pero pronto, un pequeño insecto se posó en su cara, por lo que se vio obligado
a apartar el dedo con que se tapaba el oído, para ahuyentarlo. En ese preciso
instante el ministro dijo: "El que tiene oídos para oír, oiga." El
hombre oyó; y Dios se encontró con él en ese instante para la conversión de su
alma. Salió convertido en un hombre nuevo, con un carácter cambiado. Él, que
había venido para reírse, se retiró para orar; quien vino para burlarse, salió
para doblar su rodilla en penitencia: el que vino para pasar una hora en el
ocio, regresó a casa para pasar una hora en devoción con su Dios. El pecador se
volvió un santo; el libertino se convirtió en un penitente. Quién sabe si no
habrá alguien así aquí, esta noche. El Evangelio no necesita su consentimiento,
lo obtiene. Quita la enemistad de su corazón. Ustedes dicen: "no quiero
ser salvado;" Cristo dice que serán salvados. Él hace que tu voluntad dé
un giro completo, y en consecuencia tú clamas: "¡Señor, sálvame, que
perezco!" Ah, entonces el cielo exclama: "Yo sabía que haría que
dijeras eso;" y entonces, Él se regocija por tu causa, porque ha cambiado
tu voluntad y te ha conducido a querer en el día de Su poder.
Si Jesucristo subiera a esta plataforma esta tarde, ¿qué haría con Él mucha
gente? "¡Oh!", dirá alguien, "lo haríamos un Rey." No lo
creo. Lo crucificarían de nuevo si tuvieran la oportunidad. Si Él viniera y
dijera: "Aquí estoy, yo los amo, ¿quieren que Yo los salve?" Nadie de
ustedes daría su consentimiento si fueran dejados a su voluntad. Si Él los
mirara con esos ojos ante cuyo poder el león se habría encogido; si Él hablara
con esa voz que derramó cataratas de elocuencia como un arroyo de néctar
vertido desde los acantilados, ni una sola persona vendría para ser Su
discípulo; no, se requiere el poder del Espíritu para hacer que los hombres
vengan a Jesucristo. Él mismo dijo: "Ninguno puede venir a mí, si el Padre
que me envió no le trajere." ¡Ah!, necesitamos eso; y aquí lo tenemos.
¡Ellos vendrán! ¡Ellos vendrán! Ustedes podrán reírse, podrán despreciarnos;
pero Jesucristo no morirá en vano. Si algunos de ustedes lo rechazan, habrá
otros que no lo rechazarán. Si hay algunos que no son salvados, otros lo serán.
Cristo verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su
mano prosperada. Algunos creen que Cristo murió pero que algunas de las
personas por quienes murió, se perderán. Yo no podría entender nunca esa
doctrina. Si Jesús, mi garantía, llevó mis dolores y cargó con mis aflicciones,
yo me considero tan seguro como los ángeles en el cielo. Dios no puede pedir el
pago dos veces. Si Cristo pagó mi deuda, ¿tendré que pagarla yo otra vez? No.
"Libre del pecado camino en libertad,
La sangre del Salvador es mi completa absolución;
Estoy contento a Sus amados pies,
Soy un pecador salvado, y homenaje Le rindo."
¡Vendrán! ¡Vendrán! Y nada en el cielo, ni en la tierra, ni en el infierno,
puede impedir que vengan.
Y ahora, tú que eres el primero de los pecadores, escucha un momento mientras
te llamo para que vengas a Jesús. Hay una persona aquí esta noche, que se
considera la peor alma que haya vivido jamás. Hay alguien que se dice a sí
mismo, "¡yo estoy seguro que no merezco ser llamado para venir a
Cristo!" ¡Alma! ¡Yo te llamo! Tú que eres el más miserable perdido, esta
noche, por la autoridad que Dios me ha dado, te exhorto a que vengas a mi
Salvador.
Hace algún tiempo, cuando fui a la
Corte de un condado, para ver lo que hacían, oí que llamaban
a alguien por su nombre, e inmediatamente el hombre respondió: "¡Abran
paso! ¡Abran paso! ¡Me están llamando!" Y se acercó con prontitud. Ahora,
esta tarde, yo llamo al primero de los pecadores, y le pido que diga:
"¡Abran paso! ¡Apártense, dudas! ¡Apártense, temores! ¡Apártense, pecados!
¡Cristo me llama! ¡Y si Cristo me llama, eso es suficiente!"
"Yo me acercaré a Sus pies llenos de gracia,
Cuyo cetro ofrece misericordia;
¡Tal vez Él me ordenará que Lo toque!
Y entonces el suplicante vivirá."
"Yo podría perecer si voy;
Pero estoy resuelto a intentar;
Pues si me quedo lejos, yo sé
Que debo morir para siempre."
"Pero si muero con la misericordia buscada,
Habiendo probado al Rey,
Eso sería morir (¡deleitable pensamiento!)
Como un pecador nunca murió."
¡Ven y prueba a mi Salvador! ¡Ven y prueba a mi Salvador! Si te echa afuera después
que Lo hayas buscado, divulga en el abismo que Cristo no quiso escucharte. Pero
nunca te será permitido hacer eso. Sería una deshonra para la misericordia del
pacto, que Dios eche afuera a un pecador penitente; y nunca ocurrirá eso
mientras esté escrito "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del
occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los
cielos."
II. En la segunda parte, mi texto es desgarrador. Yo predico con gran
deleite acerca de la primera parte; pero aquí hay una triste tarea para mi
alma, porque encontramos palabras tenebrosas. Sin embargo, como les he dicho,
lo que está escrito en la
Biblia debe ser predicado, ya sea tenebroso o alegre. Hay
algunos ministros que nunca mencionan nada acerca del infierno. Escuché de un
ministro que una vez dijo a su congregación: "Si ustedes no aman al Señor
Jesucristo, serán enviados a ese lugar cuyo nombre no es cortés
mencionar." A ese ministro no se le debió permitir que predicara de nuevo,
si era incapaz de usar palabras claras. Ahora, si yo veo que aquella casa se
está incendiando, ¿creen ustedes que me quedaría inmóvil diciendo: "me
parece que allá se está desarrollando una operación de combustión"?
"No; yo gritaría: "¡Fuego! ¡Fuego!" y entonces todo mundo
entendería lo que estoy diciendo.
Así, si la Biblia
dice: "Los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera,"
¿debo pararme aquí y presentar las cosas favorablemente? Dios no lo quiera.
Debemos decir la verdad, tal como está escrita. Es una verdad terrible, pues
dice: "¡los hijos del reino serán echados a las tinieblas de
afuera!" Ahora, ¿quiénes son esos hijos? Les diré. "Los hijos del
reino" son esas personas que se hacen notar por sus muestras externas de
piedad, pero que no tienen sus características interiores. Personas que ustedes
verán marchando hacia la capilla, tan religiosamente como es posible, con sus
Biblias y sus himnarios, o yendo hacia la iglesia, tan devota y modestamente
como pueden, mostrándose tan sombríos y serios como bedeles parroquiales, imaginándose
que están seguros de ser salvos, aunque su corazón no esté allí, nada sino sólo
sus cuerpos. Estas son las personas que son "los hijos del reino." No
tienen gracia, ni vida, ni a Cristo, y serán echados a las tinieblas de afuera.
Además, estas personas son hijos de padres y madres piadosos. No hay
nada que conmueva tanto el corazón de un hombre, fíjense bien, como hablar
acerca de su madre. He oído la historia de un marinero blasfemo, que nadie
podía controlar, ni siquiera la policía, que por donde pasaba creaba
disturbios. Una vez, él asistió a un lugar de adoración, y nadie podía
mantenerlo quieto; pero un caballero se le acercó y le dijo: "Juan, tú
tuviste una madre una vez." Con eso, las lágrimas rodaron por sus
mejillas. Él dijo: "¡Ja!" Bendito seas, amigo, es cierto que la tuve;
y yo llevé sus cabellos grises con dolor a la tumba, y soy un descarado al
estar aquí esta noche." Luego se sentó, muy sereno y sumiso por la simple
mención de su madre.
¡Ah!, y hay algunos de ustedes, "hijos del reino" que pueden recordar
a sus madres. Tu madre te sentó en sus rodillas y te enseñó muy temprano a
orar: tu padre te instruyó en los caminos de la piedad. Y sin embargo, tú estás
aquí esta noche sin gracia en tu corazón: sin la esperanza del cielo. Estás
descendiendo hacia el infierno tan rápido como tus pies te lo permiten. Hay
algunos de ustedes que han quebrantado el corazón de su pobre madre. ¡Oh!, si
pudiera decirles lo que ella ha sufrido por ustedes mientras han estado
entregándose al pecado durante la noche. ¿Se dan cuenta de cuál será su culpa,
"hijos del reino," después que las oraciones y las lágrimas de una
madre piadosa han caído sobre ustedes? No puedo concebir que nadie entre al
infierno con una peor gracia que el hombre que va allá con las gotas de
lágrimas de su madre sobre su cabeza, y con las oraciones de su padre siguiendo
sus talones.
Algunos de ustedes soportarán inevitablemente esta condenación; algunos jóvenes
y mujeres se despertarán un día y se encontrarán en las tinieblas de afuera,
mientras sus padres estarán arriba en el cielo, mirándolos hacia abajo con ojos
de reproche, como queriendo decir: "¡Cómo!, ¿después de todo lo que
hicimos por ti, todo lo que te dijimos, has llegado a esto?" "¡Hijos
del reino!" No crean que una madre piadosa pueda salvarlos. No piensen que
porque su padre fue un miembro de tal y tal iglesia, su piedad los salvará.
Puedo suponer a alguien parado a la puerta del cielo rogando, "¡déjenme
entrar! ¡Déjenme entrar!" "¿Por qué?" "Porque mi madre está
allí adentro." Tu madre no tuvo nada que ver contigo. Si fue santa, fue
santa para ella; si fue perversa, fue perversa para ella. "Pero mi abuelo
oró por mí." Eso no te sirve de nada. ¿Oraste tú por ti mismo? "No;
no oré." Entonces las oraciones del abuelo y las oraciones de la abuela, y
las oraciones del padre y de la madre, pueden amontonarse unas sobre otras
hasta que alcancen las estrellas, pero nunca podrán formar una escalera que tú
puedas usar para subir al cielo. Debes buscar a Dios por ti mismo; o más bien,
Dios debe buscarte. Debes tener una experiencia vital de piedad en tu corazón,
pues de lo contrario estás perdido, aunque todos tus amigos estén en el cielo.
Una piadosa madre soñó un sueño terrible y se lo contó a sus hijos. Ella pensó
que el día del juicio había llegado. Los grandes libros fueron abiertos. Todos
ellos estaban ante Dios. Y Jesucristo dijo: "Separen la paja del trigo;
pongan los cabritos a la izquierda, y las ovejas a la derecha." La madre
soñó que ella y sus hijos estaban de pie justo en el centro de la gran
asamblea. Y el ángel vino, y dijo: "tengo que llevarme a la madre: ella es
una oveja: ella debe ir a la derecha. Los hijos son cabritos: ellos deben ir a
la izquierda." Ella soñó que al retirarse, sus hijos la agarraban, y le
decían: "Madre, ¿acaso podemos separarnos? ¿Acaso debemos estar
separados?" Entonces ella los abrazó mientras les decía: "Hijos míos,
si fuera posible, los llevaría conmigo." Pero en un instante el ángel la
tocó: sus mejillas estaban secas, y ahora, sobreponiéndose al afecto natural,
siendo transformada en un ser supernatural y sublime, rendida a la voluntad de
Dios, dijo: "hijos míos, yo les enseñé bien, yo los eduqué, y ustedes
abandonaron los caminos de Dios, y ahora todo lo que tengo que decir es Amén a
su condenación." Entonces, en ese momento, ellos fueron arrebatados lejos,
y ella los vio en tormento perpetuo, mientras ascendía al cielo.
Joven, ¿qué pensarás tú, cuando venga el último día, y escuches que Cristo
dice: "¡Apártate de mí, maldito!"? Y habrá una voz justo detrás de
Él, diciendo, Amén. Y mientras investigas de dónde procede esa voz, descubrirás
que fue la voz de tu mamá. O también, jovencita, cuando seas echada a las
tinieblas de afuera, ¿qué pensarás al oír una voz diciendo, Amén? Y cuando mires,
allí está sentado tu papá, y sus labios todavía se agitan con la solemne
maldición. "¡Ah!, hijos del reino," los réprobos penitentes entrarán
en el cielo, muchos de ellos; publicanos y pecadores llegarán allá; borrachos
arrepentidos y blasfemos serán salvos; pero muchos de "los hijos del
reino" serán echados a las tinieblas de afuera.
¡Oh!, pensar que tú que has sido educado tan bien, te pierdas, mientras que
muchas de las peores personas serán salvadas. Será el infierno del infierno
para ti cuando eleves tu mirada y veas allí al "pobre Juan," el
borracho, reclinado en el pecho de Abraham, mientras tú que has tenido una
madre piadosa eres echado al infierno, ¡simplemente porque no creíste en el
Señor Jesucristo; apartaste de ti Su Evangelio, y viviste y moriste sin él!
¡Ese será el peor aguijón de todos, verse ustedes mismo echados a las tinieblas
de afuera, cuando el primero de los pecadores encuentra la salvación!
Ahora, escúchenme un momentito (no los detendré por largo tiempo), mientras
asumo la triste tarea de decirles qué es lo que sucederá a estos "hijos
del reino." Jesucristo dice que ellos "serán echados a las tinieblas
de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes."
Primero, observen, ellos serán echados. No dice que van a ir;
pero cuando lleguen a las puertas del cielo serán echados. Tan pronto como el
hipócrita arribe a las puertas del cielo, la Justicia dirá:
"¡Allí viene! ¡Allí viene! Él menospreció las oraciones de un padre, y se
burló de las lágrimas de una madre. Él ha forzado su camino de descenso contra
todas las ventajas que la misericordia le ha provisto. Y ahora allí viene.
Gabriel, agarra a ese hombre." Entonces el ángel, atándote de pies y
manos, te sostiene un instante sobre las fauces del abismo. Te ordena que mires
hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. No existe fondo: y tú oyes que se elevan
desde el abismo unas palabras: "tétricos gemidos, quejidos profundos, y
alaridos de espíritus torturados." Tú te estremeces, tus huesos se
derriten como cera, y tu médula se sacude dentro de ti. ¿Dónde está ahora tu
poder? Y ¿dónde tu jactancia y tus fanfarronadas? Das un alarido y lloras, y
pides misericordia; pero el ángel, con su tremendo puño, te sostiene firme, y
luego te arroja al abismo, con el grito: "¡Lejos, lejos!" Y tú caes
al hoyo que no tiene fondo, y te deslizas para siempre hacia abajo, hacia
abajo, hacia abajo, sin encontrar nunca un lugar de descanso para la planta de
tus pies. Serás echado afuera.
Y ¿dónde serás echado? Debes ser echado "a las tinieblas de
afuera;" serás colocado en el lugar donde no habrá esperanza. Pues, por
"luz," en la
Escritura, nosotros entendemos "esperanza;" y tú
serás echado "a las tinieblas de afuera," donde no hay luz: no hay
esperanza. ¿Hay algún hombre aquí que no tenga esperanza? No puedo imaginar a
una persona así. Tal vez, alguno de ustedes diga: "Tengo una deuda de
treinta libras esterlinas, y pronto seré vendido; pero tengo la esperanza de
obtener un préstamo, y así podré escapar de mi dificultad."
Otro dice: "Mi negocio está en la ruina, pero las cosas todavía pueden
cambiar: tengo la esperanza." Otro dice: "Yo estoy sumido en la
angustia, pero espero que Dios me provea." Otro dice: "yo debo
cincuenta libras esterlinas; lo siento; pero voy a poner mis fuertes manos a
trabajar, y voy a hacer un gran esfuerzo para salir del problema." Alguien
piensa que su amigo está muriéndose; pero tiene la esperanza que tal vez la
fiebre dé un giro: espera que pueda vivir. Pero en el infierno no hay
esperanza. Ni siquiera tienen la esperanza de morir: la esperanza de ser
aniquilados. ¡Ellos están perdidos para siempre, para siempre, para siempre! En
cada cadena del infierno está escrito: "para siempre." En los fuegos,
allá, sobresalen las palabras: "para siempre." Encima de sus cabezas,
ellos leen: "para siempre." Sus ojos están amargados y sus corazones
están adoloridos por el pensamiento que es para siempre. ¡Oh!, si yo pudiera
decirles esta noche que el infierno va a desaparecer quemado un día, y que los
que estaban perdidos podrán ser salvos, habría un jubileo en el infierno
motivado por el simple pensamiento de eso. Pero no puede ser: es "para
siempre" que "son echados a las tinieblas de afuera."
Pero yo quisiera terminar con esto tan pronto como pueda, pues ¿quién puede
soportar hablar de esta manera a sus compañeros? ¿Qué es lo que están haciendo
los perdidos? Están "llorando y crujiendo sus dientes." ¿Crujes tú
ahora los dientes? No lo harías a menos que sintieras dolor y estuvieras en
agonía. Bien, en el infierno siempre hay un crujir de dientes. Y ¿sabes por
qué? Hay uno que cruje sus dientes a su compañero, y murmura: "yo fui
conducido al infierno por ti; tú me condujiste al extravío, tú me enseñaste a
beber por primera vez." Y otro cruje también sus dientes y le responde:
"Y qué si lo hice, tú me hiciste más malo de lo que yo hubiera sido."
Hay un niño que mira a su madre y le dice: "Madre, tú me entrenaste en el
vicio." Y la madre cruje sus dientes otra vez al niño, y le responde:
"no siento piedad por ti, pues tú me sobrepasaste en el vicio y me
condujiste a lo profundo del pecado." Los padres crujen sus dientes a sus
hijos, y los hijos a sus padres. Y me parece que si hay algunos que tendrán que
crujir sus dientes más que otros, serán los seductores, cuando vean a quienes
desviaron de los caminos de virtud, y los oigan decir: "¡Ah!, nos da gusto
que tú estés en el infierno con nosotros, te lo mereces, pues tú nos condujiste
aquí."
¿Tiene alguno de ustedes sobre su conciencia el día de hoy, el hecho que ha
conducido a otros al abismo? Oh, que la gracia soberana te perdone. "Yo
anduve errante como oveja extraviada," dice David. Ahora, una oveja
extraviada nunca se extravía sola si pertenece al rebaño. Recientemente leí
acerca de una oveja que saltó sobre la baranda de un puente, y cada una de las
ovejas de ese rebaño la siguió. Así, si un hombre se extravía, conduce a otros
al extravío con él. Algunos de ustedes tendrán que dar cuentas por los pecados
de otros cuando lleguen al infierno, así como por los pecados propios. ¡Oh, qué
"lloro y crujir de dientes" habrá en ese abismo!
Ahora cierro el libro negro. ¿Quién quiere decir algo más sobre él? Les he
advertido solemnemente. ¡Les he hablado de la ira venidera! La tarde se
oscurece, y el sol se está poniendo. ¡Ah!, y las tardes se oscurecen para
algunos de ustedes. Veo aquí a hombres con cabellos grises. ¿Acaso son sus
cabellos grises una corona de gloria o la gorra de un insensato? ¿Están ustedes
en el propio borde del cielo, o están tambaleándose a la orilla de su tumba, y
hundiéndose hacia la perdición?
Permítanme advertirles, hombres de cabellos grises; su atardecer se aproxima.
Oh, pobre hombre de cabellos grises que vacilas, ¿darás tu último paso al
abismo? Deja que un pequeño niño se ponga frente a ti y te suplique que
reconsideres. Allí está tu cayado: no tiene ningún trozo de tierra sobre el
cual descansar; y ahora, antes que te mueras, recapacita esta noche; deja que
se levanten precipitadamente setenta años de pecado; deja que los fantasmas de
tus olvidadas transgresiones marchen enfrente de tus ojos. ¿Qué harás con
setenta años desperdiciados por los cuales tienes que responder, con setenta
años de crimen que vas a traer ante Dios? Que Dios te dé esta tarde gracia para
que te arrepientas y para que pongas tu confianza en Jesús.
Y ustedes hombres de edad mediana, no estén tan seguros: la tarde cae para
ustedes también; pueden morir pronto. Hace unos cuantos días, fui levantado
temprano de mi cama por una petición para que me apresurara a visitar un
moribundo. Yo fui a toda velocidad para ver a la pobre criatura; pero cuando
llegué a la casa, él ya había muerto: era un cadáver. Mientras estaba en la
habitación pensé: "¡Ah!, ese hombre no tenía la menor idea que moriría tan
pronto." Allí estaban su esposa y sus hijos y sus amigos: no pensaron que
se iba a morir, pues era sano, robusto y vigoroso sólo unos cuantos días antes.
Ninguno de ustedes tiene un arrendamiento de su vida. Si lo tienen, ¿dónde
está? Vayan y vean si lo tienen escondido en los baúles de su hogar. ¡No!,
ustedes pueden morir mañana. Por tanto, permítanme advertirles por la
misericordia de Dios; déjenme hablarles como les podría hablar un hermano; pues
yo los amo, y ustedes saben que así es, y yo quisiera que se grabaran esto en
sus corazones. ¡Oh, estar entre las muchas personas que serán aceptadas en
Cristo: qué bendición será esa! Y Dios ha dicho que todo aquél que invoque Su
nombre será salvo: no echa a nadie que venga a Él por medio de Cristo.
Y ahora, jóvenes y jovencitas, una palabra para ustedes. Tal vez piensen que la
religión no es para ustedes. "Seamos felices," se dicen:
"estemos alegres y llenos de gozo." ¿Por cuánto tiempo, jovencito,
por cuánto tiempo? "Hasta que cumpla veintiún años." ¿Estás seguro
que alcanzarás esa edad? Déjame decirte una cosa. Si en efecto vives hasta esa
edad, pero no tienes un corazón para Dios, no lo tendrás tampoco en esa fecha.
Si los hombres son dejados a sí mismos, no se vuelven mejores. Sucede con ellos
lo mismo que con un jardín: si lo abandonas y permites que crezcan hierbas malas,
no esperes encontrarlo en mejor estado en seis meses: estará peor. ¡Ah!, los
hombres hablan como si pudieran arrepentirse cuando quieran. Es obra de Dios
darnos el arrepentimiento. Algunos inclusive llegan a decir: "voy a
volverme a Dios tal y tal día." ¡Ah!, si sintieras de manera correcta
dirías: "debo correr a Dios, y pedirle que me dé el arrepentimiento ahora,
para que no muera antes de haber encontrado a Jesucristo mi Salvador."
Y ahora, una palabra para concluir este mensaje. Les he hablado del cielo y del
infierno, ¿cuál es el camino, entonces, para escapar del infierno y para ser
encontrado en el cielo? No les voy a repetir mi viejo cuento esta noche. Yo
recuerdo que cuando se los conté anteriormente, un buen amigo que se encontraba
entre la multitud, me dijo: "Dinos algo que sea fresco, viejo amigo."
Ahora, realmente, cuando se predica diez veces a la semana, no siempre podemos
decir cosas frescas. Han oído hablar de John Gough, y ustedes saben que él
repite sus historias una y otra vez. Yo no tengo nada sino el viejo Evangelio.
"El que creyere y fuere bautizado, será salvo." Aquí no hay ninguna
referencia a obras. No dice: "Aquel que sea un buen hombre será
salvo." Bien, ¿qué significa creer? Significa poner enteramente tu
confianza en Jesús. El pobre Pedro una vez creyó, y Jesucristo le dijo:
"Vamos, Pedro, camina hacia a mí sobre el agua." Pedro fue, pisando
las crestas de las olas, sin hundirse; pero cuando miró las olas, comenzó a
temblar, y se hundió.
Ahora, pobre pecador, Cristo te dice: "Vamos; camina sobre tus pecados;
ven a Mí;" y si lo haces, Él te dará poder. Si tú crees en Cristo, serás
capaz de caminar sobre tus pecados: pisar sobre ellos, y vencerlos. Yo puedo
recordar aquel tiempo cuando mis pecados me miraron por primera vez a mi cara.
Yo me consideré el más execrable de todos los hombres. No había cometido
grandes transgresiones visibles contra Dios; pero tenía presente que había sido
educado y guiado muy bien, y por eso pensaba que mis pecados eran peores que
los de otras personas. Clamé a Dios por misericordia, pero Él no me oyó, y yo
no sabía lo que era ser salvo. Algunas veces estaba tan cansado del mundo que
deseaba morir: pero entonces me acordaba que había un mundo peor después de
este, y que no sería bueno apresurarme a presentarme ante mi Señor sin estar
preparado. A veces, pensaba perversamente que Dios era un tirano sin corazón,
porque no respondía mi oración; y luego, otras veces, pensaba: "yo merezco
Su disgusto; si Él me envía al infierno, será justo." Pero recuerdo la
hora cuando entré a un lugar de adoración, y vi a un hombre alto y delgado
subir al púlpito: nunca lo he vuelto a ver después de ese día, y probablemente
nunca lo vea, hasta que nos encontremos en el cielo. Abrió la Biblia, y leyó, con una
débil voz: "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra,
porque yo soy Dios, y no hay más." ¡Ah!, pensé yo, yo soy uno de los
términos de la tierra; y entonces, volteándose, y fijando su mirada en mí, como
si me conociera, ese ministro dijo: "Mira, mira, mira." Vamos, yo
pensaba que había muchas cosas que yo debía hacer, pero descubrí que
sólo tenía que mirar. Yo pensaba que tenía que tejerme un vestido: pero
descubrí que si miraba, Cristo me daría un vestido.
Mira, pecador, eso es ser salvado. Mirad a Él, todos los términos de la tierra,
y sed salvos. Esto es lo que los judíos hicieron, cuando Moisés sostuvo en alto
la serpiente de bronce. Él dijo: "¡Miren!" y ellos miraron. Las
serpientes andaban retorciéndose a su alrededor, y ellos llegaban a estar casi
muertos; pero simplemente miraban, y en el instante en que miraban, las
serpientes quedaban fulminadas, y ellos eran sanados. Mira a Jesús, pecador.
"Nadie sino Jesús puede hacer bien a los pecadores desvalidos." Hay
un himno que cantamos a menudo, pero que no es muy correcto, que dice:
"Aventúrate en Él, aventúrate enteramente;
No dejes que ninguna otra confianza se entrometa."
Ahora, no es una especulación confiar en Cristo, para nada. El que confía en
Cristo está muy seguro. Yo recuerdo que cuando el querido John Hyatt se estaba
muriendo, Matthew Wilks le dijo: "Y bien, John, ¿puedes confiar ahora tu
alma en las manos de Jesucristo?" "Sí," respondió él, "¡un
millón! ¡Un millón!" Yo estoy seguro que cada cristiano que haya confiado
en Cristo puede decir: "Amén" a eso. Confía en él; nunca te va a
engañar. Mi bendito Señor nunca te echará afuera.
Debo terminar mi mensaje, y sólo me resta agradecerles su amabilidad. Nunca he
visto a tantas personas reunidas, que estén tan tranquilas y tan quietas.
Realmente pienso, después de todas las duras cosas que se han dicho, que los
ingleses saben quién los ama, y que ellos estarán con el hombre que esté con
ellos. Doy gracias a cada uno de ustedes, y sobre todas las cosas, les suplico,
si hay razón o sentido en lo que he dicho, reflexionen sobre lo que son, y ¡que
el bendito Espíritu les revele su verdadera situación! Que les muestre que
están muertos, que están perdidos, arruinados. ¡Que les haga sentir qué cosa
tan terrible sería hundirse en el infierno! ¡Que les señale el camino al cielo!
Que los tome, como lo hizo el ángel en tiempos antiguos, y ponga su mano en
ustedes, diciendo: "¡Escapa! ¡Escapa! ¡Escapa! Mira al monte; no mires
tras de ti; no pares en toda esta llanura." Y que todos nos reunamos al
fin en el cielo; y allá seremos felices para siempre.
Un comentario de Spurgeon: "Este sermón ha sido regado con
muchas oraciones de los fieles de Sion. El predicador no pretendía que fuera
publicado, pero viendo ahora que lo han imprimido, no se disculpará por su
composición defectuosa ni por su estilo difuso; en lugar de eso, el predicador
suplica las oraciones de sus lectores, para que este débil sermón pueda exaltar
el honor de Dios, por la salvación de muchas personas que lo lean. "La
excelencia del poder es de Dios, y no del hombre."
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